19 Sep 09

ritter

Examinemos un globo terrestre. Por mayor que sea, nosotros lo vemos como una miniatura y una representación imperfecta del modelado externo de nuestro planeta.

Lo que nos sorprende al observar un globo terrestre es el carácter aleatorio que preside a la distribución de las extensiones de agua y tierra. No hay espacios matemáticos, ninguna construcción lineal o geométrica, ninguna secuencia de líneas rectas, ni de puntos regulares; solamente la red de coordenadas establecidas a partir de la bóveda celeste permite medir artificialmente una realidad inalcanzable: los propios polos no pasan de puntos matemáticos definidos en función de la rotación de la Tierra y cuya realidad todavía se nos escapa.

Si, este Todo terrestre asimétrico, al no obedecer aparentemente a ninguna regla y ser difícil de captar como un conjunto, nos deja una impresión extraña y nos vemos obligados a utilizar diversos métodos de clasificación para apagar la idea de caos que de él resulta. Por eso, hasta ahora el interés fue mayor en relación a sus partes constitutivas de lo que en relación a su apariencia global y entonces, los compendios geográficos se han dedicado a describir fundamentalmente esas partes. Por tanto, se han concentrado en describir y clasificar sumariamente las diferentes partes del Todo, la geografía no ha podido ocuparse de las relaciones y de las leyes de carácter general, que son las únicas capaces de transformarla en una ciencia y de darle su unidad.

La Tierra, como planeta, es muy diferente de las representaciones en escala reducida que de ella conocemos, y que sólo nos ofrecen una idea simbólica de su modelado; tenemos que echar mano a esas miniaturizaciones artificiales del globo terrestre para crear un lenguaje abstracto que nos permita hablar de la Tierra como un todo.

Existe una diferencia fundamental entre las obras de la naturaleza y las creaciones del hombre: por más bellas, simétricas o acabadas que estas últimas puedan parecer, un examen atento revelará su falta de cohesión y su estructura tosca. El tejido más fino, el reloj más elegante, el cuadro más famoso, el brillo más intenso del mármol o de los metales trabajados nos llevarían, vistos al microscopio, a una constatación semejante. Inversamente, la impresión de asimetría y la apariencia informe de las obras de la naturaleza desaparece con un examen minucioso. El lente del microscopio hace surgir en una tela de araña, en la estructura de una célula vegetal, en la estructura cristalina molecular de los minerales, elementos y conjuntos de una textura siempre más delicada.

No deberíamos encontrar esta diferencia también en caso del mayor cuerpo natural que conocemos, esto es, nuestro planeta, sabiendo que nuestro conocimiento de él es apenas superficial?.

…Y cómo conciliar este abordaje global de nuestro planeta con lo que sabemos de todo lo que en él vive, grupos humanos y otros seres vivos; con lo que conocemos de aventura del hombre en ese planeta; y como lograr esta conciliación si concebimos al globo como el lugar y la morada que ofrecen al hombre, durante el tiempo de su pasaje en la Tierra, la base necesaria a su desarrollo?

Todo nos lleva a no buscar en el presente la imagen de la eternidad, a no confundir apariencia con esencia, las impresiones que obtenemos de una cosa o de un fenómeno y la realidad de esa cosa y de ese fenómeno, a no interpretar las leyes naturales establecidas como construcciones lógicas de nuestro intelecto, pero, antes, a considerarlas como un feliz descubrimiento de un mundo de fenómenos que nos envuelve y que no habíamos conseguido dilucidar.  La génesis de esa multitud de estrellas que constituyen las nebulosas, el estudio de la formación de los vientos, están entre las cosas que han enseñado a no rotular de incoherente al aparente desorden del mundo que nos rodea.

En efecto, cuando más avanzamos en el conocimiento de la distribución espacial (de los fenómenos) en la superficie terrestre y cuanto más nos interesamos -más allá de su desorden aparente- por la relación de sus partes, más simetría y armonía descubrimos en ella, y en medida cada vez mayor las ciencias naturales y la historia pueden ayudarnos a comprender la evolución de las relaciones espaciales. De hecho, gracias a la meteorología y a la física, fue posible la realización, hasta ahora, de grandes progresos en materia de conocimiento del orden espacial. Aún resta mucho por hacer y esperamos conseguirlo por medio de la intervención, en es estudio, de nuestros conocimientos relacionados con la historia de los hombres y de los pueblos y también, de la distribución geográfica de los elementos de los tres reinos de la naturaleza.

Relaciones entre los factores naturales y la evolución de la humanidad

Como inicio, basta recordar aquí cómo, en los tres continentes del Viejo Mundo, las formas ovales de África, romboédrica de Asia y triangular de Europa determinaron para cada uno de ellos tres tipos de relaciones dimensionadas. El carácter uniforme que esas relaciones adquieren en África (prácticamente el mismo largo que el mismo ancho en términos de latitud y longitud) se opone fundamentalmente al carácter que asumen en Europa. En este último caso, la extensión este-oeste del continente equivale a dos o tres veces su largo norte-sur, la cual disminuye cada vez más, desde la base del triángulo junto a Asia, hasta su vértice, hacia el Atlántico. Si África, este cuerpo macizo y volcado a sí mismo, es pobre en articulaciones, el corazón del continente asiático, igualmente macizo… tiene otro problema: no solamente el sur se desarrolla más hacia el oeste, sino también, el norte está vinculado a su propio interior, cuyas ramificaciones tuvieron tanta importancia como el núcleo central con respecto al desarrollo del proceso de civilización.

La escasa articulación entre el centro y la periferia en el continente africano condujo a la pobreza de contactos entre el mar y el interior de las tierras y esa dificultad de acceso al corazón del continente. Las condiciones naturales y humanas negaron al cuerpo inarticulado de África una individualización clara… Ese carácter, en gran parte uniforme, es lo que explica el estado primitivo y patriarcal en que viven los pueblos de este continente y que ellos hayan permanecido al margen de los progresos…

Respecto de Asia, el extraordinario desarrollo costero provocó un mundo de fenómenos completamente diferentes. (Esas regiones costeras) aisladas del resto del continente, pero comunicadas entre sí por mar, poseen una configuración diferenciada por la naturaleza, a través de sus montañas, sus valles, sus ríos, sus mares, sus vientos y sus productos. Sus propias poblaciones y culturas las convierten en mundos aparte. Esto explica además, el carácter fuertemente diferenciado de las individualidades constituidas por el mundo chino, malayo, indio, persa, árabe, etc. En tanto,…los progresos llevados a cabo por estas civilizaciones no pudieron modificar de forma sustancial la vida de los nómades que circulan por el interior de Asia hace milenios: mongoles, turcomanos, kirguisios, uzbekos, kalmukos y otros. Y mucho menos aún, pudieron alcanzar el norte del continente…

Una prolongación de Asia, Europa, en la medida en que progresa hacia el Oeste, desarrolla sus superficies con una creciente autonomía. Así con “miembros” proporcionalmente más importantes que el cuerpo, Europa supera a su vecina oriental precisamente en que, no presentando obstáculos naturales importantes, el núcleo central no queda aislado de sus miembros (periféricos). Así, pues, este individuo terrestre fuertemente compartimentado que es Europa conoció un desarrollo armonioso… que condicionado desde el comienzo su carácter civilizador y antepone la armonía de las formas a la fuerza de la materia. El menor de los continentes estaba, sí destinado a dominar a los mayores…

En los encadenamientos de causa-efecto que la naturaleza y la historia nos muestran, se puede prever -puesto que el planeta parece tener una vocación más noble revelada por la continuidad histórica- una organización superior que, además, no sería de naturaleza puramente física. Esta organización debe ser fundamentalmente diferente de aquella de los organismos naturales que el planeta sustenta, que se mueven en él dotados de una existencia forzosamente más breve.

A pesar del desorden aparente en que se encuentra envuelto el globo para el observador no preparado, es en las diferencias entre superficies y formas que reside el secreto del sistema interno y superior de organización planetaria que expresa una infinidad de fuerzas cuyos efectos invisibles están en interacción. Estas fuerzas, que influyen en la naturaleza y en la historia, actúan de una forma análoga a la actividad fisiológica que determina la vida de los organismos vegetales y animales.

Es precisamente en la repartición diferencial y en la amplitud irregular de las extensiones de tierra y agua, así como en las temperaturas variables que las acompañan necesariamente, y en los movimientos aparentemente desordenados de los eventos que reside la razón fundamental de la organización planetaria y de su interacción general. Así el hecho de que los continentes tengan superficies diferentes explica el poderío de los pueblos y la posibilidad que les es dada de dominar esos espacios. La aparente casualidad que preside la disposición relativa de las masas de tierra refleja una ley cósmica superior, que tiene, necesariamente, determinado todo el proceso de desarrollo de la humanidad. La separación, a primera vista puramente física entre el Viejo y el Nuevo Mundo, entre los continentes y las islas, termina por ser la esencia de su relación espacial universal. La distribución desigual de los dones naturales es el estimulante fundamental para el desarrollo de los intercambios universales. La pequeña superficie de Europa y la armonía de sus formas limitadas es la condición de su libertad y de su capacidad de dominación.

En: Die Erkunde, 1817