19 Sep 09

Ratzel

Antropogeografía:

El elemento humano en la Geografía.

La Historia y la Antropogeografía

29. Tareas de la Antropogeografía y su triple división:

Si consideramos al hombre dentro del cuadro general de la vida terrestre, no nos será posible comprender el papel que él ocupa en la Tierra si no seguimos el mismo método del cual nos valemos para estudiar la difusión de las plantas y de los animales. Por eso la Antropogeografía, del mismo modo que la zoogeografía y la fitogeografía, deberá describir y representar cartográficamente aquellos territorios donde se nota la presencia del hombre, separando la parte de la Tierra que es por él habitada, o ecúmene, de aquellas que no lo son. Ella estudiará por otro lado la difusión del hombre dentro del ecúmene y fijará los resultados de su estudio en mapas de la densidad de población poligráficas e itinerarias. Y en la medida en que la humanidad comprende razas, pueblos y grupos étnicos menores, la Antropogeografía representa también la difusión de estos elementos diversos a través de mapas de razas humanas, mapas etnográficos, mapas de lenguas y mapas políticos. Es esencialmente a esta parte de nuestra ciencia que dedicamos la Parte II de esta Antropogeografía (1891).

La descripción y la representación del estado de cosas antropogeográficas son útiles para muchos objetivos de la vida, de lo aprendido, del trabajo científico; y cuando ambas se realizan, podemos decir que fueron cumplidas muchas de las tareas prácticas de la Antropogeografía. Pero la ciencia nunca se satisface por haber respondido a la pregunta ¿”dónde”?, pues cuando esto haya sido resulto, ella prosigue adelante y pasa a la pregunta ¿”de dónde”?. Ya en la ejecución de su tarea descriptiva, la Antropogeografía se encontrará frente a una gran cantidad de casos en los cuales se vienen repitiendo fenómenos relativos al territorio junto con fenómenos relativos a la difusión del elemento humano. Pasando ahora a la segunda parte de la tarea, esta ciencia, al examinar el área de difusión de cada raza y de cada pueblo, se ubica en la pregunta: ¿”Cómo se formó esa área”?; y si presentará entonces al su estudio los movimientos del hombre en su dependencia con el territorio. En verdad ella se dará cuenta que ningún pueblo tuvo origen en el mismo suelo en que habita, y de ahí llegará a la conclusión de que él no podrá permanecer así eternamente. Algunos pueblos se expanden y otros son expulsados. Es a través de todos los movimientos que ellos surgen, la Tierra no representa ya un elemento totalmente pasivo, pero sí los direcciona, los obstaculiza, los favorece, los enlentece, los acelera, los desordena y los condena gracias a sus condiciones inconmensurablemente variadas de posición de amplitud, de configuración, de riqueza de agua y de vegetación. Cuando la Geografía se aproxima a examinar estos fenómenos, entra en contacto con la Historia, que considera al suelo como la patria del ciudadano, mientras aquella lo ve como la patria de la humanidad. También la Historia considera a la humanidad en movimiento, pero no acostumbra avanzar a través del estudio de esta hasta el examen del territorio, mientras que la Geografía, al contrario, no ignora jamás su presencia.

Las tareas del tercer grupo se refieren al estudio de las influencias que la naturaleza ejerce sobre el cuerpo y sobre el espíritu de los individuos y de allí sobre los pueblos. Se trata por tanto, esencialmente de efectos que se deben al clima, a la configuración del suelo, a los productos vegetales o animales del territorio. Todos los fenómenos de la naturaleza, pasando a través del intelecto, ejercen una influencia a veces claramente visible, a veces sutil y oculta sobre el ser y sobre las actitudes del hombre, algunas veces simplemente reflejándose en él, otras animando o retardando su actividad intelectual.

Así vemos al ambiente físico reflejarse en la religión, en la ciencia, en la poesía. En verdad el examen de estas influencias compete más a la fisiología y a la psicología más que a la Geografía; y esto más aún en la medida que tales influencias no permanecen inactivas en el organismo como trazos inanimados, sino que continúan produciendo sus efectos en la vida material y espiritual del hombre. Con todo la Antropogeografía al describir países y pueblos no podrá desinteresarse por los conocimientos adquiridos en esta materia, en la medida en que estos tocan directamente todos los problemas relativos a la aclimatación.

30. La Geografía como ciencia auxiliar:

En contraposición a la afirmación hoy difundida de que la Geografía es una ciencia auxiliar de la Historia, recordemos aquí la pregunta de Kant: “¿Cuál de las dos ciencias existió antes, la Historia o la Geografía?”. Kant respondió: “La Geografía está en la base de la Historia, porque nuestros hechos históricos deben también tener un elemento al cual referirse”. Mientras que el historiador considera al suelo como algo accesorio, él también atribuye poco valor a los servicios que la Geografía presta a la investigación histórica con el estudio y la descripción de este; pero estos servicios le parecerán tanto mayores como mayor es la importancia que él pase a atribuir al conocimiento del ambiente físico. La propia Geografía puede contribuir a aumentar ese interés dedicándose intensamente al estudio del elemento humano, con lo que estará tornando más fácil a la Historia la investigación de las cambiantes relaciones que se establecen entre el suelo y los acontecimientos históricos que se desarrollan sobre este. Pero el nombre de ciencia auxiliar no tiene en ningún caso sentido, pues cualquier ciencia puede tornarse útil para otra, sin por ello transformarse en su sierva. No hay ninguna ciencia que sea tan auxiliar, así como no hay ciencia que no pueda prestar algún servicio a cualquiera de las ciencias hermanas. Es en este sentido que consideramos a la Geografía y a la Historia de la humanidad como ciencias hermanas, del mismo modo que a la Geografía y a la Geología.

En este sentido estamos de acuerdo con Vambery al entender que, en relación al territorio de Asia Central y de las estepas europeas contiguas, se debe excluir sin duda la posibilidad de establecer una distinción etnográfica precisa en lo que se refiere a las antiguas migraciones. Desde que esos territorios poseen el aspecto actual, ellos siempre recibieron pueblos nómades. Pero si por detrás del velo de las leyendas ya muy oscuras, no es posible distinguir nítidamente ningún pueblo, y no teniendo la posibilidad por ello de la distinción etnográfica, resta siempre la posibilidad de distinción antropogeográfica: fuesen turcos o arios, los pueblos que habitaron aquellas tierras de todos modos, siempre fueron pastores nómades.

Contribuyó también a disminuir la importancia que es dada a la Geografía, una razón puramente literaria, de la cual muchos no se dan cuenta, aunque no deja de tener eficacia. La Historia adquirió en la literatura un lugar eminente gracias a la forma bajo la cual son presentadas muchas de sus obras, y al espíritu que algunas de estas poseen. Pero esto es más arte que ciencia. La Geografía, proponiéndose en general objetivos menos elevados y de utilidad práctica más directa, raramente obtuvo tal excelencia formal. Es por eso que una parte importante de la gran fama, considerada por algunos exagerada, conquistada por Alexander von Humboldt, se debe justamente a que la Geografía encontró en él finalmente un escritor clásico como desde la Antigüedad ya no poseía. Por otro lado es comprensible que el estrechamiento de las relaciones entre la Geografía y la Historia haya servido para tornar cada vez más manifiesta la gran diferencia existente entre las dos ciencias en el aspecto literario.

Entre todos los geógrafos del siglo XVIII, Pinkerton sólo reconoce algún mérito literario en D’Anville; y este fue entre todos el que más se aproximó al estudio geográfico de la ciencia histórica. Además de ello, Pinkerton afirmó con razón, que los antiguos geógrafos tenían mayor valor literario que los modernos; constatación que no debe sorprender si se toma en cuenta que aquellos consideraban los problemas geográficos bajo aspectos generales y se limitaban a describir un mundo poco extenso o solamente en sus líneas generales. A propósito de esto, Pinkerton compara los 18 volúmenes de Büsching sobre Europa al único e inmortal volumen de Estrabón. Pero la crítica no se justifica enteramente. Por su propia esencia, la Geografía no puede, así como no pueden las ciencias naturales en general, dar a la literatura universal tantas obras clásicas como le puede dar la Historia; no podrá producir solamente en aquella parte de la materia geográfica que se limita con la Historia y con la Etnografía, y donde la exposición puede tener carácter narrativo. Pero en esta consideración no hay nada que pueda disminuir la importancia que cabe a la Geografía al lado de la Historia, pues en este argumento las razones formales no tienen valor de ninguna especie.

31. Razones prácticas que determinan la afirmación del elemento humano en la Geografía:

La geografía ya se ocupaba com predilección particular del hombre y de sus obras antes que los fenómenos de la unión del hombre con la Tierra fuesen, por lo menos en parte, atribuidos a su estudio; y esto por una razón de orden exterior. En la historia de toda ciencia ocurre que el hombre en principio es todo; después, poco a poco, el objeto efectivo de estudio se libera de su vínculo ideal para lanzarse, completamente depurado, a la investigación objetiva. En el estudio geográfico este proceso se realizó con una lentitud particular. Por mucho tiempo se pensó que las regiones terrestres tenían importancia sólo por sus relaciones con el hombre, y esas relaciones coupan siempre la mayor parte de las obras también de Geografía científica. Por motivos de orden práctica ocurre que de todas las cosas existentes sobre la superficie terrestre aquellas que pertenencen al hombre o tienen estrecha relación con él se imponen en mayor medida al espíritu humano.. Estrabón consideró a Homero como el padre de la geografía “por haber superado a todos sus predecesores y sus sucesores no sólo en el arte poético, sino también tal vez en el conocimiento de la vida civil”.

Esta predilección por el elemento humano es siempre una característica del estudio geográfico, siendo también un peligro constante que amenaza su carácter científico. Cada vez que una ciencia reune al mismo tiempo elementos humanos y elementos naturales, son los primeros los que invariablemente predominan. Basta recordar lo que ocurrió con la biología general por el amplio espacio que esta ciencia dedicó a la anatomía humana, a la fisiología y a la psicología. Aún para reforzar esta tendencia que aquí se señaló ocurre un segundo motivo, también de orden exterior, que es el hecho de que en la literatura la descripción de los territorios y la descripción de los pueblos casi no se presentan separadas una de la otra, y esto especialmente cuando se trata de países y pueblos lejanos. Además es exactamente este vínculo íntimo de los dos elementos el que confiere particular atractivo a las narraciones de viajes. Por eso ocurre que ambos argumentos fuesen estudiados y trataos por los mismos escritores, de modo que la geografía descriptiva y la etnografía permaneciesen íntimamente unidas entre sí tanto en la investigación como en la enseñanza.

Existe una tercera razón de carácter práctico como las anteriores que inducen a la geografía a ocuparse con particular interés en el elemento humano: esta debe ser buscada en el abandono en que las otras ciencias dejaron siempre al estudio de una gran cantidad de fenómenos referidos al hombre. Así la investigación histórica inicia sus investigaciones a partir del momento en que aparece el documento escrito; y la antropología hasta muy recientemente se ocupaba apenas del cuerpo humano, del modo en que la historia y la etnografía de los pueblos primitivos y semicivilizados quedaban enteramente para la geografía; y esta tenía que, queriendo o no, tomarlos para sí, tanto que aún hoy la etnografía es estudiada y enseñada por geógrafos y frecuentemente tiene en común con la geografía las mismas revistas, libros, bibliografías y obras cartográficas.

A medida que la etnografía y la ciencia social se fueron desarrollando por su propia cuenta, se verificó en verdad como la antigua unión de la geografía descriptiva y de la etnografía estaba apoyada en gran medida en razones de orden exterior, pero al mismo tiempo el desarrollo de la geografía del hombre abrió un nuevo campo sobre el cual las dis ciencias aprecen nuevamente unidas, sin con esto perder su independencia.

Los filósofos climáticos, o sea, aquellos que sustentan la teoría de las rápidas transformaciones de los pueblos por efecto del clima, distorcionan y deforman en todos los sentidos la naturaleza de modo de hacerla servir a sus objetivos; y en ese sentido sus teoría presentan, bajo el aspecto lógico, un cierto interés, ahora de carácter negativo. Pocas veces ocurrió que la cinecia trabajase por tan largo tiempo con un material tan inadecuado. Kant pretende demostrar que toda la raza mongólica proviene de las regiones septentrionales, y por ello exageró desmesuradamente las influencias del clima frío. En el rostro largo y sin pelos, en la nariz larga, en los labios finos, en los ojos semicerrados de los mongoles él ve modificaciones producidas por el clima infeliz de las tierras nórdicas, don “todo es árido”. Así, de los pigmeos del norte que no existen de hecho en ningún lugar se hace una raza especial; E. A. Zimmermann, al contrario, escribe que la presencia de comunidades de pigmeos en África y en Madagascar debe ser atribuida a la migración de algunos individuos deficientes. La altura de los patagónicos fue objeto de amplias discusiones, por el hecho que estos habitaban muy próximos a los fueguinos que son provablemente pigmeos. Aún se llegó a afirmar que si las tierras del hemisferio austral avanzacen antes en dirección al polo, los patagónicos tendrían una altura menor. En aquella época la geografía de América permanecía completamente a merced de estas teorías. Así, para demostrar el hecho de que los americanos, también de las zonas tropicales, tuviesen un color más claro que los negros resulta únicamente de que América tiene un clima general más frío, induciéndonos en repetidas ocasiones a la investigación de las influencias moderadoras del clima americano, hasta que finalmente Alexander von Humboldt llevase esta afirmación a un terreno positivo de observación experimental, limitándola así dentro de estrechas fronteras. Mientras tanto Condaminer afirmaba que los indios de América del Sur eran más oscuros en la medida que se avanzaba en dirección al Ecuador, Bourguer encontraba que los habitantes de la costa pacífica y más fresca de los Andes son más claros que los habitantes de la costa atlántica más caliente.

A estas dos observaciones inexactas se refirieron todo el siglo XVIII todos aquellos que quisieran demostrar en América la influencia del calor sobre la coloración oscura de la piel. Maupertius, en Vénus Physique, II, cap. 1, afirma que los negros africanos habitan entre los trópicos y formula, no sólo para África sino para toda la Tierra la ley: “A medida que se aleja del Ecuador, el color de los pueblos se torna gradualmente más clara”; y explica este hecho, como también la difusión geográfica de los pueblos pigmeos a los de los gigantes, de un modo original, errando sin duda, más sutil. Cuando el dice (op. cit., II, cap. VII), pigmeos, gigantes y negros se se presentaron ante los otros peublos, la prepotencia o el miedo armó en su contra a la mayor parte del género humano, y la especie humana más numerosa debería expulsar estas “razas deformes” hacia las regiones menos habitadas de la superficie terrestre. Los pigmeos huyeron en dirección al polo norte, los gigantes escogieron su sede en el territorio de Magallanes y los negros fueron a habitar la zona tórrida.

Una de las circunstancias más características en la evolución de esta ciencia es que ya hace dos siglos Ortelius, que en su mapa de África, contenido en su Theatrum Orbis Terrarum de 1570, había llamado a los indígenas del Cabo de Buena Esperanza por el nombre de nigérrimos, habiendo llegado a la conclusión de que la causa de su color podía ser atribuida al calor solar más intenso, porque en ese caso los habitantes del estrecho de Magallanes también deberían ser negros. Este era por tanto el camino correcto a ser seguido para comprender que los movimientos de los pueblos, dada su breve duración, nada tienen que ver con las modificaciones de las características raciales, que sólo se producen en períodos muy largos. Infelizmente el hecho de haber pretendido encontrar una relación entre estas características y el clima siempre impidió el estudio geográfico de seguir por este, que era el mejor camino. Buffon, sosteniendo el concepto de una enorme adaptabilidad del organismo humano a las condiciones climáticas, fue quien contribuyó en mayor medida a reforzar el antiguo error. Y su influencia no se substrajo enteramente, ni aún G., Forster, aunque este como observador astuto haya conseguido llegar a una conclusión exacta de la naturaleza plástica de la masa humana. En sus Anotaciones filosóficas hechas durante un viaje alrededor del mundo se lee:

“Si la influencia del clima es tan poderosa como afirma Buffon no debe hacer mucho tiempo que la isla de Mallicolo está poblada, pues desde que viven en aquel clima moderado sus habitantes no cambiaron aún ni su color negro originario ni los cabellos crespos”.

32. ¿Qué lugar cabe a la Geografía próxima a la Historia?:

La gran y a veces exagerada importancia que se quiere atribuir al elemento humano en el estudio geográfico, sirvió para transformar en más difícil la comprensión de las relaciones que existen entre la geografía y la historia. Que la historia tenga necesidad de recurrir a la geografía para poder representar, medir, describir el teatro de los acontecimientos políticos y de las formaciones territoriales que de ello resultan, fue comprendido claramente ya por Ortelius cuando este publicó su primer mapa cartográfico. Ortelius afirmó que la geografía y la cronología son las dos columnas básicas de la historia. Dankwerth y Meier en su Neue Landesbeschreibuflg der Herzogtürner Schleswig und Holstein (1652) consideran a la geografía y a la cronología como los dos faros principales de la historia. Pero la historia hizo uso de estas en grados muy diversos. Hace mucho tiempo que las fechas son consideradas como un elemento indispensable para la narrativa histórica; pero por otro lado aún en las obras más profundas se busca frecuentemente en vano los datos numéricos relativos a los elementos geográficos de la historia, como áreas, cifras de población, desarrollo de las comunicaciones, etc. Hasta la geografía histórica ignoró de modo extraño los datos relativos a las dimensiones de los territorios políticos, de los países de las provincias, etc.

Es verdad que Karl Ritter afirmó: “El lugar de la historia no es junto a la naturaleza, sino dentro de esta”. No obstante, en el estudio geográfico la importancia atribuida al elemento humano ha minimizado de tal forma al interés por la naturaleza que Guthe, un verdadero seguidor de Ritter, atribuía a la geografía la tarea de hacernos conocer a la Tierra en tanto sede del hombre. En la primera edición, lanzada en 1868, de Lehrbuch der Geographie, que después fue tan profundamente transformado por Hermann Wagner de modo de hacer de él el mejor trabajo de nuestros tiempos, la parte que dedica a la geografía física comprende 68 páginas*, mientras que la dedicada a la corografía y a la geografía política ocupa 479 páginas. El primer párrafo de la introducción de Guthe señala:

“La geografía nos enseña a conocer la Tierra como sede del hombre; esta no es de ningún modo una simple descripción de la Tierra con sus mares, etc., sino al describir la superficie del globo ella coloca al hombre entre los otros seres, y nos muestra como por un lado este se encuentra en estado de dependencia de la naturaleza que lo circunada y como por otro está tentado de liberarse de esa dependencia, con lo que la geografía viene a constituir el elemento de conjunción entre la ciencia natural y la historia”.

Es este el alcance del concepto que Playfair había expresado en 1808 en System of Geography: “El estudio de la geografía es necesario para conocer el teatro de la historia”. Pero esta es una consideración de valor púramente práctico y fue un error introducirla en la ciencia.

Ante concepciones de este género es necesario afirmar enfáticamente que la geografía debe antes que nada estudiar y describir la Tierra, independientemente de cualquier consideración acerca del elemento humano e histórico; y qye la realización de esta tarea, que es específica de la geografía, debe preceder el cumplimiento de otra tarea que esta tiene en común con la historia en el campo antropogeográfico. Estas dos tareas son inseparables la una de la otra. Ciertamente, para usar la palabras de Karl Ritter, “la ciencia geográfica no puede despreciar ele elemento histórico, si pretende ser verdaderamente el estudio del territorio y no una obra abstracta, un molde a través del que se vea el espacio vacío y no el cuadro que ella debe contener”. Del mismo modo la historia no puede despreciar a la geografía porque los hechos que esta contempla tienen la necesidad de un teatro donde desarrollarse:

“Esta deberá en todas sus formas acoger en sí, más o menos claramente, un elemento geográfico, sea como en Tucidides y en Johann von Müller precediendo a la narración de una visión general del territorio, sea como en Heródoto, Tácito y otros maestros insertando la descripción geográfica en el curso de la narrativa, o sea finalmente como en otros escritores apenas aflorando el elemento geográfico y extrayendo de él sólo la entonación y el color. La filosofía de la historia, tal como fue pensada por Bacon y Leibniz, que Herder esbozó y que otros recientemente intentaron elevar a través de su desarrollo, debe atribuir a este elemento geográfico un lugar cada vez mayor”.

Mientras tanto la tarea más importante de la geografía continuará siendo siempre la de esturiar, describir y representar la superficie terrestre. Por ello, aún atribuyendo a la historia el estudio de los acontecimientos que se suceden en el tiempo, a la geografía las condiciones de hecho del territorio, no se puede olvidar que todo aconteicmiento se hace en el espacio, y por eso toda historia posee su teatro. Todo lo que hoy constituye el presente será historia mañana; por ello el material de la geografía va pasando ininterrumpidamente a las manos de la historia. Se comprende a partir de allí que una nítida separación entre las dos ciencias no sería lógicamente posible, aunque al contrario sea necesario, para que ambas puedan desarrollar una actividad prolífica, ellas deben actuar íntimamente unidas. La frase de Herder de que la historia es una geografía en movimiento permanece verdadera también inversamente, y de ello se sigue que la historia no puede ser comprendida sin el territorio donde ella se desenvuelve, y que la geografía de cualquier parte de la Tierra no puede ser representada sin conocer la historia que imprimió sobre esta sus huellas. Todo mapa tiene que ser examinado teniendo presentes los elementos históricos allí referidos, del mismo modo que sin el mapa no sería posible comprender ni las modificaciones de las fronteras, ni las variaciones del tráfico o de los asentamientos humanos, ni de los movimientos de los pueblos.

A partir del concepto que tenemos de la posición del hombre en la naturaleza resulta cuánto es imperfecta la concepción que considera la importancia del elemento geográfico en la historia partiendo de órdenes puramente exteriores. Esto significa, para expedirnos prácticamente, que la introducción a la historia de un país no debe ser una simple descripción corográfica; esto porque, aúnque esta descripción sea adornada y fiel como la introducción a Ges­chi chie der Schweizerischen Eidgenossenschaft de Johann von Müller, ella no abarcará mínimamente su objetivo si no examina además de ello la relación geográfica entre ese país y la superficie terrestre entrera y no nos mostrará que las influencias recíprocas que se ejercen entre el pueblo y el territorio y entre este y el Estado son ininterrumpidas y gobernadas por una ley de necesidad.

33. La Historia universal debe abarcar toda la Tierra:

Pero en esta unión de las dos ciencias no se debe considerar una historia limitada al estrecho círculo de Europa y de los países mediterráneos, así como esta se nos presenta en los abordajes usuales.

En verdad la razón filosófica, de la que deriba esa limitación, no puede impedir que la historia acogiese gradualmente en su seno una parte cada vez mayor de aquella materia, cuyo resto pertenece a la etnografía. Y el estudio comparado de los pueblos una vez iniciado no podía ciertamente ser interrumpido. No podía permanecer ignorada la justa advertencia de Heinrich Barth: “Aún los movimientos de los pueblos de África central tienen su historia; y apenas cuando ellos también pasaran a ser parte del gran cuadro histórico de la humanidad podría este cuadro aproximarse a su realización”.

Hoy una historia universal de la civilización no podría más, sin contradecir su propio nombre, eximirse de considerar a los mexicanos, a los japoneses, a los malayos; y toda la historia de los Estados Unidos de América tiene que dedicar un espacio grande a las condiciones de los pueblos primitivos que existen en aquel territorio y a los acontecimientos que a ellos se refieren. Una obra como la Historia de la Nueva Inglaterra de Palfrey no sería concebible si no tratase de la influencia política que ejerció sobre la historia universal la incidencia de pueblos privados de historia, como hicieron Salústio y Tácito en sus capítulos sobre África. En realción a ello la filosofía de la historia no iluminó en nada la obra de los narradores. Un error fundamental que falsea la consideración filosófica de la historia es y ha sido siempre, el desprecio al elemento geográfico, desprecio que significa también una visión histórica limitada. Se puede afirmar antes que toda la dirección constructuva de la filosofía de la historia alemana no habría sido forjada si aquellos científicos hubiesen atribuido mayor importancia al elemento geográfico. Kant, que también fue gran amigo y conocedor de la geografía, fue el priero en introducirla por un camino falso, que Fichte, Schelling y Hegel siguieron después. llegando a un resultado geográficamente absurdo. La idea de Kant de que la historia de la humanidad deba ser considerada como la realización de un proyecto secreto de la naturaleza, proyectando efectuar una constitución política interna y exteriormente perfecta, no habría sido posible si no con la tácita premisa de que el proyecto comprendiese apenas la historia de Europa, que Europa debiese, po así decir, hacer la historia de todos los otros continentes, que provablemente deberían recibir de Europa algún día sus leyes. En Fichte esta premisa se presenta como la condición necesaria para la determinación de sus períodos históricos, y por ello se expresa aquí sin ninguna atención al elemento geográfico; pues este pensador audaz declara que se limita a seguir aquel hilo de civilización que conduce a hasta nosotros, “interrogando solamente a nuestra historia, esto es, la historia de la Europa civilizada, que es la sede actual de la civilización, y despreciando otros hilos secundarios que no conducen directamente a nosotros, como la historia de la civilización china e india”.

A la par con este concepto está otro, también de Fitche, que admite que haya existido un pueblo primitivo originario, en el cual la razón dominaba “como un institnto ciego“, que regulaba, sin constricción o esfuerzo, todos los eventos humanos. Pero la limitación del concepto de historia se manifiesta más que en cualquier otro en Hegel para quien, según una expresión suya frecuentemente citada, sólo es historia “aquella que constituye una época esencial en la evolución del espíritu humano”, y que por ello deben ser excluidas del círculo de las consideraciones histórico-filosóficas no sólo las de la zona glaciar y tórrida, “porque el calor y el frío son fuerzas muy poderosas que no permiten al espíritu humano crear un mundo propio, , igualmente África, en la medida en que no se observa auí ningún movimiento de evolución” y la América, cuyos pensadores más ágiles y más modernos excluidos, por ello apenas formalmente, para representarlos después en perspectiva. Estas ideas no tienen absolutamente nada de geográfico, y no reflejan directamente la ampliación del horizonte intelectual, que es siempre la consecuencia necesaria y más importante del estudio de la geografía, también manifiestan un enormen deslumbramiento de la naturaleza de las cosas. Y si se observa, por otra parte, como esas ideas deberían enraizarse, al punto de que el propio Augusto Comte puede afirmar explícitamente que su estudio histórico-filosófico se limitaba a los pueblos de raza blanca, y por otro lado dedicar una preferencia tan acentuada a los habitantes de Europa Occidental, como aquellos que constituyen una civilización más avanzada y representan la élite ou avantgarde de l’humanité!.

La historia universal, tal como es entendida por nuestros escritores de historia, está aún muy lejos de ser una historia de la humanidad; aún también la historia particular, que debería tomar en gran consideración las observaciones de carácter topográfico, raramente consigue tomar partido de los medios que la ciencia hermana le podrían ofrecer.

Se debe observar que en Comte la limitación tienen más un carácter meramente temporal y se mueve por una razón metodológica:

“Su valoración especial debe remitirse sistemáticamente hasta el momento actual, los componentes principales del movimiento social así están apreciadas en el caso más favorable a su plena manifestación, resultando posible proceder a la explicación racional de las modificaciones más o menos importantes”.

Si de hecho, como dice Comte, la evolución histórica tiende a reunir a toda la humanidad en una sociedad única, y todos los acontecimientos anteriores no representan sino una preparación de esta, entonces él debería prever que el movimiento histórico acabaría por abarcar toda la Tierra.

Antropogeografía, 1891


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